Sorry

I want to be alone. I may not respond to anything for the time being. I will try to go outside, but there is no point anymore.

I wish I was normal.

I will post those meaningless word counts that people obsess with during NaNoWRiMo. Perhaps keeping tabs on a pointless number will help me find meaning.

It does not matter. I do not care anymore.

Democracy in action?

Hello,

Sorry for the lack of updates, I had to go perform my civic duty. Can you guess who I voted? It was a trick question, we are all fucked anyways. Better stock up on rubbers for the next four years.

 I also had other personal matters to attend to but that is neither here nor there.

Until we meet again.

Black coffee

My cup of black coffee was scalding hot.

I waited for her to arrive. I checked my make-up. It was on point. My dress was in pristine condition. The engagement ring guarded inside my clutch. I was ready! Ready but bored. I surveyed my surroundings. Loving couples, quarreling couples, distant couples. And a lonely sitting duck, myself.

I eavesdropped conversations to pass time. A couple of women in their mid-twenties. Both were rocking such avant-garde outfits I was a little jealous of them. Two fashionistas in love. Or so it seemed. The at first glance loving couple were at each other’s throats. It was about not wanting to sign up a prenuptial arrangement. They were in love, why cast doubt into their union? The argument devolved into petty jabs at each other’s outfits. I give them three months, at best.

My cup of black coffee was sat at the right temperature for me to take a sip. I decided against it.

The quarreling couple was actually eccentric in their passion. They were both in their mid-thirties. He was a rotund man who seemed to be wearing his office attire. She exuded extravagance: her clothes, jewelry, even her hairstyle was eye-catching. They engaged each other in a manner resembling an argument. Nothing could be further from the truth. They were making arrangements for the upcoming long weekend holiday with such zeal. It was easy to understand why one would think they were arguing. They were loveaholics. They planned everything: from the moment they woke up until they moment they’d call it a night. I suppose you can’t judge a book by its cover.

My cup of black coffee was cooling down. It was still worth drinking, I’d reckon.

The distant couple, two young men, college classmates, I’d wager, tried their to keep for themselves. Unassuming, low-key, you’d think they’d be plotting a robbery. In hushed voices, I could hear him recite a poem to his beloved as faint as the sway of leaves on a tree. The poem was terrible, make no mistake, but he loved it. He kept gushing in a low voice over the artistic merits of it, how he’d make it big as a poet, so on and so forth. A dose a saccharine that amused my, at this point, everlasting wait for her.

My cup of black coffee was cold at this point. Never mind, I’d order a new one once my fiancee arrived. “The drivers are a bit careless today” – I thought to myself.

At last, she arrived. I saw her right from across the street. She was the Spring to my Winter, as always. A radiant smile formed on her lips as she saw me sitting at the coffee table, waiting for her. I couldn’t help but smirk back. I wish I was as happy-go-lucky as her.

Without a care in the world, she whisked her way towards me, her pace as cheerful as herself. She had to cross the street. That’s when it happened.

An eight thousand, five hundred pounds monstrosity ran over my fiancee. She couldn’t even scream for help. Her death was instantaneous. Everything: herself, our life together, all was over in a blink of an eye.

The noisy café was silent in a split second. I could see people’s lips move, but I could hear nothing. I could only stare at the stain that used to be the love of my life.

A police investigation started and as usual, nothing came of it. A cold, dead case.

I don’t drink black coffee anymore.

 

Delicatessen (Spanish)

Erase una vez un artista filantrópico, frustrado con su trabajo. No podía encontrar los colores ideales para su obra. El lienzo perfecto. Sus herramientas las consideraba mediocres. Los colores mundanos, sus tonalidades y saturaciones eran incapaces de transmitir su mensaje. El estaba buscando la tonalidad perfecta. La combinación perfecta entre saturación, textura y expresión. Sin embargo, sus esfuerzos eran en vano.

Además de desempeñarse como artista, trabajaba en un comedor comunitario a fin de ayudar los menos afortunados.

Pero todo cambió cuando la conoció. Su piel era de alabastro, de belleza etérea, de un lustre augusto. Su pelo era negro como la medianoche, majestuosamente liso y libre de imperfección alguna. Ambas cualidades sobrenaturales eran contrastadas con sus fruncidos labios carmesí, los cuales parecían estar hinchados de sangre.

Finalmente, encontró su musa.

Ella no era tímida. Por el contrario, era asertiva, imponente y en ocasiones abrumadora. De personalidad impulsiva y sin un ápice de pudor, era la líder y protagonista de su propia vida. El interés y fascinación de él radicaba precisamente por la perspectiva apasionada carente de filtros hacia la vida de ella. En efecto, estaba frente a un diamante en bruto. Con cierto trabajo y esfuerzo, el estaba seguro de que ella alcanzaría la perfección.

La personalidad beligerante e impetuosa de ella hacían que, irónicamente, fuera fácilmente manipulable. El le propuso ser la modelo para su próxima obra. Sería presentada ante la elite. La realeza del arte estaría presente. Para ella, significaba una oportunidad inigualable para elevar su posición en el estrato social. Para él, una forma de endulzar a su musa, a fin de culminar su magnum opus.

El la invitó a su atelier. De tamaño modesto pero rebosante de recuerdos y caprichos propios de un pintor de su prestigio. La compulsión en su búsqueda por concretar su obra maestra era inconfundible. Era incapaz de ocultar su obsesión frente a su musa.

Ella consideraba al atelier inquietante. Para calmar los nervios, el afablemente le ofreció una taza de té para calmar los nervios. Se trataba de una mezcla de hierbas especial, un estilo de infusión que le fue enseñado por su difunta abuela. “Cambiará su perspectiva hacia el arte para siempre”, el aseveró.

Al finalizar la preparación del té, ella lo bebió de un solo sorbo, sin molestarse en degustarlo. Los efectos fueron precipitados, efectivos y despiadados. Perdió el conocimiento momentos después.

Finalmente, el artista podría comenzar su labor. Sosteniendo sus herramientas con habilidad, precisión, pulso inmaculado y, lo más importante, con puro amor, realizó las primeras incisiones.

Su trabajo requería de una amplia cantidad de pintura. Por supuesto, nada que una estocada a la arteria carótida no solucionase. La sangre brotó grandiosamente, rociando por todo el taller, fue un bautismo carmín. Grabado en su mente, la fuente cardinal pasaría a ser una memoria que reviviría por el resto de su vida.

El vívido tono rubí de los labios de su musa se disipó. La extravagancia necrotizante se desplegó en su sombría delicadeza. Aquella que en vida fue una visión exquisita, ahora es partícipe de la metamorfosis de la muerte.

Trabajando arduamente, manejó la disección de su piel de marfil de una manera impecable. Sería un lienzo magnífico. Abundante y robusto, trascendía la perfección. La idiosincrasia de la piel le otorgaría a su trabajo un toque vanguardista y sin precedentes.

Por último, pero no menos importante, era imperativo procurar los componentes necesarios para sus pinceles. La exquisita melena de ébano que adorna la cabeza de ella serviría admirablemente. Separar su cuero cabelludo de su cráneo era una obra de arte en sí misma. Después finalizar la abscisión, comenzó a fabricar los pinceles sublimes. Ni siquiera las mejores cerdas de las bestias más preciadas podrían compararse con la calidad que emanaba de sus mechones de cabello. Con estas herramientas construidas, él estaba indudablemente seguro de que crearía su obra maestra, una composición que redefiniría la esencia misma de la perfección.

Trabajó sin ningún indicio de descanso durante toda la noche. Estaba delirando, su psique fuera de este mundo. Toda su devoción enloquecida daría sus frutos. Su obra resultó ser un prado de rosas, la interpretación más realista que la humanidad jamás podría lograr pintar. Una exuberancia de los sentidos dionisíaca.

Finalmente, completó la obra maestra que siempre anheló.

La mañana siguiente, los indigentes en el comedor fueron deleitados con un festín extraordinario. Platos de tiernos y variados cortes de carne, preparados por los mejores cocineros, acompañados de vegetales frescos y especias extrañas pero seductoras. Si bien estaban agradecidos de que no fuera guiso, notaron un sabor extraño en los platos.

La carne, en particular.

Erase una vez un artista filantrópico, cuya galardonada pieza “Delicatessen” hizo furor en los círculos más exclusivos de la alta sociedad. Guardaría el secreto de su éxito hasta el fin de sus días.