Delicatessen (Spanish)

Erase una vez un artista filantrópico, frustrado con su trabajo. No podía encontrar los colores ideales para su obra. El lienzo perfecto. Sus herramientas las consideraba mediocres. Los colores mundanos, sus tonalidades y saturaciones eran incapaces de transmitir su mensaje. El estaba buscando la tonalidad perfecta. La combinación perfecta entre saturación, textura y expresión. Sin embargo, sus esfuerzos eran en vano.

Además de desempeñarse como artista, trabajaba en un comedor comunitario a fin de ayudar los menos afortunados.

Pero todo cambió cuando la conoció. Su piel era de alabastro, de belleza etérea, de un lustre augusto. Su pelo era negro como la medianoche, majestuosamente liso y libre de imperfección alguna. Ambas cualidades sobrenaturales eran contrastadas con sus fruncidos labios carmesí, los cuales parecían estar hinchados de sangre.

Finalmente, encontró su musa.

Ella no era tímida. Por el contrario, era asertiva, imponente y en ocasiones abrumadora. De personalidad impulsiva y sin un ápice de pudor, era la líder y protagonista de su propia vida. El interés y fascinación de él radicaba precisamente por la perspectiva apasionada carente de filtros hacia la vida de ella. En efecto, estaba frente a un diamante en bruto. Con cierto trabajo y esfuerzo, el estaba seguro de que ella alcanzaría la perfección.

La personalidad beligerante e impetuosa de ella hacían que, irónicamente, fuera fácilmente manipulable. El le propuso ser la modelo para su próxima obra. Sería presentada ante la elite. La realeza del arte estaría presente. Para ella, significaba una oportunidad inigualable para elevar su posición en el estrato social. Para él, una forma de endulzar a su musa, a fin de culminar su magnum opus.

El la invitó a su atelier. De tamaño modesto pero rebosante de recuerdos y caprichos propios de un pintor de su prestigio. La compulsión en su búsqueda por concretar su obra maestra era inconfundible. Era incapaz de ocultar su obsesión frente a su musa.

Ella consideraba al atelier inquietante. Para calmar los nervios, el afablemente le ofreció una taza de té para calmar los nervios. Se trataba de una mezcla de hierbas especial, un estilo de infusión que le fue enseñado por su difunta abuela. “Cambiará su perspectiva hacia el arte para siempre”, el aseveró.

Al finalizar la preparación del té, ella lo bebió de un solo sorbo, sin molestarse en degustarlo. Los efectos fueron precipitados, efectivos y despiadados. Perdió el conocimiento momentos después.

Finalmente, el artista podría comenzar su labor. Sosteniendo sus herramientas con habilidad, precisión, pulso inmaculado y, lo más importante, con puro amor, realizó las primeras incisiones.

Su trabajo requería de una amplia cantidad de pintura. Por supuesto, nada que una estocada a la arteria carótida no solucionase. La sangre brotó grandiosamente, rociando por todo el taller, fue un bautismo carmín. Grabado en su mente, la fuente cardinal pasaría a ser una memoria que reviviría por el resto de su vida.

El vívido tono rubí de los labios de su musa se disipó. La extravagancia necrotizante se desplegó en su sombría delicadeza. Aquella que en vida fue una visión exquisita, ahora es partícipe de la metamorfosis de la muerte.

Trabajando arduamente, manejó la disección de su piel de marfil de una manera impecable. Sería un lienzo magnífico. Abundante y robusto, trascendía la perfección. La idiosincrasia de la piel le otorgaría a su trabajo un toque vanguardista y sin precedentes.

Por último, pero no menos importante, era imperativo procurar los componentes necesarios para sus pinceles. La exquisita melena de ébano que adorna la cabeza de ella serviría admirablemente. Separar su cuero cabelludo de su cráneo era una obra de arte en sí misma. Después finalizar la abscisión, comenzó a fabricar los pinceles sublimes. Ni siquiera las mejores cerdas de las bestias más preciadas podrían compararse con la calidad que emanaba de sus mechones de cabello. Con estas herramientas construidas, él estaba indudablemente seguro de que crearía su obra maestra, una composición que redefiniría la esencia misma de la perfección.

Trabajó sin ningún indicio de descanso durante toda la noche. Estaba delirando, su psique fuera de este mundo. Toda su devoción enloquecida daría sus frutos. Su obra resultó ser un prado de rosas, la interpretación más realista que la humanidad jamás podría lograr pintar. Una exuberancia de los sentidos dionisíaca.

Finalmente, completó la obra maestra que siempre anheló.

La mañana siguiente, los indigentes en el comedor fueron deleitados con un festín extraordinario. Platos de tiernos y variados cortes de carne, preparados por los mejores cocineros, acompañados de vegetales frescos y especias extrañas pero seductoras. Si bien estaban agradecidos de que no fuera guiso, notaron un sabor extraño en los platos.

La carne, en particular.

Erase una vez un artista filantrópico, cuya galardonada pieza “Delicatessen” hizo furor en los círculos más exclusivos de la alta sociedad. Guardaría el secreto de su éxito hasta el fin de sus días.

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